En el corazón de la Patagonia, donde los lagos reflejan la cordillera y el viento modela el silencio, se alza una residencia que trasciende su función de vivienda para convertirse en un capítulo de la historia cultural argentina. El Messidor, un palacete de inspiración francesa enclavado en la ribera del lago Nahuel Huapi, es el resultado de la convergencia entre una familia influyente, un arquitecto visionario y una política estatal que promovía la colonización y el turismo en el sur.
Una visión familiar en un paisaje en transformación
La historia comienza a fines de los años 30, cuando Sara Madero de Demaría Salas y su esposo, atraídos por las descripciones de la zona, adquirieron un lote en la naciente Villa La Angostura. Este gesto se enmarcaba en el impulso que Parques Nacionales, bajo la dirección de Exequiel Bustillo, daba al poblamiento de la región, licitando terrenos con la condición de edificar. Tras el fallecimiento de sus padres, Sara decidió materializar un sueño: construir una residencia señorial que dialogara con la majestuosidad del entorno.
Bustillo, el arquitecto de la monumentalidad patagónica
Para dar forma a su proyecto, convocó a Alejandro Bustillo, hermano de Exequiel y figura central de la arquitectura argentina del siglo XX. Bustillo ya había dejado una huella indeleble en el paisaje nacional con obras como el Hotel Llao Llao y la capilla San Eduardo en Bariloche, que definieron una estética integrada a la naturaleza, y con edificios institucionales como el Banco de la Nación Argentina en Buenos Aires. Su capacidad para adaptar estilos europeos al contexto local lo convertía en el candidato ideal.
Un diseño que desafió los elementos
El emplazamiento elegido, frente a la península de Quetrihué, ofrecía una vista privilegiada y un desafío constructivo. Atendiendo al temor de la propietaria a los incendios, Bustillo optó por utilizar granito de la zona como material principal, confiriendo a la estructura una apariencia de solidez y castillo inexpugnable. El techo de pizarra gris completaba una imagen de permanencia, como si la residencia hubiera surgido de la misma roca patagónica.
El significado de un nombre: «Mes de la Cosecha»
El nombre «El Messidor», tomado del calendario revolucionario francés donde designa el «mes de la cosecha», no fue casual. Simbolizaba abundancia y plenitud, una idea que la familia ya había utilizado en una propiedad atlántica y que, trasplantada a la montaña, adquirió una nueva resonancia: la de crear un oasis de refinamiento y cultura en medio de la vastedad agreste. La residencia se concibió así como un puente entre tradiciones europeas y aspiraciones locales.
Más que una casa: un símbolo de una época
La construcción de El Messidor no respondió únicamente a un capricho privado. Fue parte de un proyecto más amplio, donde las élites económicas, los técnicos del estado y las políticas de desarrollo territorial se entrelazaron. Representó la voluntad de inscribir a la Patagonia en el mapa cultural y turístico del país, dotándola de hitos arquitectónicos que hablaran de sofisticación y poder. La residencia se erigió como un manifiesto silencioso de una Argentina que buscaba definir su identidad entre la herencia europea y la potencia de su geografía.
Hoy, El Messidor permanece como un testimonio material de aquella época fundacional. Su piedra, sus ventanales y su biblioteca circular guardan la memoria de un sur que dejó de ser un territorio remoto para convertirse en un escenario donde se escribió, a pequeña escala, parte de la historia nacional.
