El próximo domingo, los ciudadanos peruanos concurrirán a las urnas en un proceso electoral que marcará un hito por la cantidad de aspirantes a la presidencia. Un total de 35 candidaturas competirán por el cargo, una cifra sin precedentes en la historia democrática reciente de América Latina, que casi duplica la registrada en los comicios de 2021.
Un panorama fragmentado y una derecha en cabeza
Según los últimos sondeos de opinión, dos figuras del espectro político de derecha se perfilan como los favoritos para disputar una eventual segunda vuelta. Keiko Fujimori, líder del fujimorismo e hija del fallecido expresidente Alberto Fujimori, y el empresario Rafael López Aliaga aparecen en un empate técnico, con intenciones de voto que rondan el 11%. En un tercer puesto, el economista de izquierda Alfonso López Chau busca consolidar una sorpresa que le permita acceder al balotaje.
El mandato pendiente: seguridad y estabilidad
Más allá de la fragmentación política, el próximo gobierno heredará desafíos urgentes. Una encuesta reciente revela que dos tercios de los peruanos consideran a la inseguridad y la violencia criminal como su principal inquietud. Las estadísticas oficiales de 2025 registraron 3,675 homicidios, la cifra más alta en más de una década, en un contexto donde la extorsión y el narcotráfico se han vuelto amenazas cotidianas para comerciantes, transportistas y ciudadanos comunes.
Promesas extremas y el modelo Bukele
La crisis de seguridad ha dominado la campaña, generando propuestas que van desde planes integrales hasta ideas más radicales. La más polémica ha sido la de Rafael López Aliaga, quien propuso construir cárceles en la selva amazónica, utilizando serpientes venenosas como «barrera natural» para evitar fugas, además de plantear la salida de Perú de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Estas iniciativas reflejan la influencia del «modelo Bukele» de El Salvador, que ha ganado adeptos en la región prometiendo soluciones drásticas.
Un escenario político volátil
Quien asuma la presidencia deberá navegar en aguas turbulentas. Ninguno de los últimos ocho mandatarios peruanos ha logrado completar su período de gobierno, siendo destituidos o forzados a renunciar. Esta inestabilidad crónica, sumada a una profunda desconfianza en las instituciones y la corrupción, configura un panorama complejo para la gobernabilidad. El resultado de estas elecciones no solo definirá un nombre, sino que pondrá a prueba la capacidad del sistema político peruano para encontrar una ruta de estabilidad y atender las demandas más urgentes de su población.
