martes, 22 septiembre, 2026

El renacer de las sustancias psicodélicas: entre la ciencia, la historia y la experiencia personal

Un nuevo libro analiza el resurgimiento contemporáneo de compuestos como el LSD y la ayahuasca, explorando sus raíces históricas en Argentina, su potencial terapéutico y las tensiones entre la vivencia personal y la investigación académica.

La psicodelia ha vuelto a ocupar un lugar en la conversación pública, aunque ya no como un emblema contracultural de los sesenta, sino como una zona de cruce entre la ciencia, el mercado y la búsqueda espiritual. En El herborista alucinado. Psicodelia, integraciones y otros viajes (Editorial Marciana), Fernando Krapp traza una cartografía de ese retorno y sus tensiones.

El regreso de las sustancias psicoactivas al debate no se explica solo por la moda o la nostalgia. En las últimas dos décadas, investigaciones clínicas en universidades anglosajonas han reinstalado compuestos como la psilocibina en el campo terapéutico. Este movimiento dialoga con una tradición previa que en Argentina tuvo hitos tempranos: en 1956, Alberto Tallaferro publicó Mescalina y LSD-25, el primer estudio sistemático local sobre aplicaciones clínicas del ácido lisérgico.

Ese linaje de investigación fue interrumpido por la prohibición global impulsada en 1971. Lo que hoy se presenta como novedad –el «renacimiento psicodélico» promovido por centros como Johns Hopkins– tiene, en realidad, antecedentes más densos. Krapp se pregunta si este resurgimiento académico encuentra un correlato en Argentina, un país con una fuerte tradición psicoanalítica y experiencias locales poco difundidas.

Entre esos antecedentes argentinos aparece Mesa Verde, un grupo rosarino integrado por el psiquiatra Néstor Berlanda, médicos, antropólogos y el abogado Diego R. Viegas, que trabajó con ayahuasca y otros enteógenos en los años noventa, organizando talleres y promoviendo la visita de un médico tradicional amazónico en 1999.

El libro, sin embargo, también tiene un origen biográfico. Krapp decidió probar cada enteógeno que analiza –LSD, ayahuasca, hongos psilocibios– como parte de una ética del conocimiento: comprender desde la experiencia directa aquello que luego sería materia de reflexión crítica. La escritura en primera persona es, por lo tanto, estructural. «La disolución del yo y la suspensión de la neurosis me llevó a una contradicción con la escritura», admite el autor, explorando la fricción entre la experiencia del trance y la necesidad de narrarla.

El concepto de «enteógeno» –»dios dentro»– abre otro plano de lectura, permitiendo pensar estos estados como formas contemporáneas de vivencia espiritual. En la actualidad, el discurso legitimador proviene sobre todo de la neurociencia, que describe la acción de estas moléculas sobre receptores serotoninérgicos y redes neuronales. El herborista alucinado examina este desplazamiento cultural, sin romantizar el consumo, sino analizando cómo ciertas sustancias han interpelado históricamente a la ciencia, la espiritualidad y la literatura.

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