María Eugenia Fermín llegó a Buenos Aires con prejuicios sobre el frío y la distancia de sus habitantes, pero tras diez años en el país destaca la calidez, la seguridad y los servicios básicos como aspectos que transformaron su vida.
Para María Eugenia Fermín, la idea de emigrar a Argentina le generaba incertidumbre. Conocía la arquitectura europea de Buenos Aires e imaginaba a sus habitantes fríos y distantes. Sin embargo, su hija, casada y profesional, decidió mudarse al país en busca de un futuro más estable, y pocos meses después María Eugenia la siguió.
Originaria de Venezuela, donde trabajaba como administradora de consorcios y corredora inmobiliaria, dejó atrás su vida en el Caribe, su familia y amigos. Instalada primero en el barrio porteño de Boedo, quedó sorprendida por la calidez de la gente: «Hice amistades en el kiosco, en la confitería, en todo lugar al que iba», recuerda. También valoró el transporte público eficiente, las calles seguras para caminar de noche y la posibilidad de encontrar supermercados y farmacias bien surtidos.
La búsqueda laboral, sin embargo, resultó más desafiante. Tras mudarse a Morón, en el oeste del Gran Buenos Aires, consiguió su primer empleo en blanco, donde lleva cuatro años. «Mi mayor reto ha sido cumplir con las tareas asignadas y tener el reconocimiento de clientes y compañeros», afirma con orgullo.
María Eugenia destaca que en Argentina «la calidad de vida es excepcional»: poder contar con agua y luz las 24 horas, internet y servicios básicos que en su país de origen eran un lujo. Aunque extraña el queso y el ron venezolanos, se enamoró de las medialunas, las milanesas y las empanadas. Eso sí, confiesa que aún no logra tomar mate, aunque no descarta que algún día le guste.
