Antes de crear Apple, Steve Jobs y Steve Wozniak desarrollaron un dispositivo para realizar llamadas telefónicas gratuitas a nivel mundial, con el que protagonizaron una ingeniosa anécdota.
A principios de la década de 1970, mucho antes de fundar Apple, Steve Wozniak y Steve Jobs diseñaron y vendieron la «caja azul», un dispositivo que permitía realizar llamadas telefónicas gratuitas a cualquier parte del mundo. Este fue su primer proyecto conjunto, el cual, según relató el propio Jobs años después, sentó las bases para una de las colaboraciones más emblemáticas de la industria tecnológica.
La historia comenzó en 1971, cuando Wozniak leyó en la revista Esquire un artículo sobre los «phone phreaks», personas que habían descubierto cómo manipular la red telefónica de AT&T mediante tonos. Fascinado, Wozniak se propuso construir una versión digital del dispositivo, más estable y precisa que los modelos analógicos existentes. El resultado fue, en palabras de Jobs, «la primera caja azul digital del mundo».
El dispositivo emitía combinaciones de tonos que engañaban a la red, otorgando acceso a funciones reservadas para operadores. Jobs, al ver las demostraciones de Wozniak, detectó una oportunidad comercial y propuso venderlas por aproximadamente 150 dólares, ofreciéndolas de manera directa. «Experiencias como esa nos enseñaron el poder de las ideas», afirmaría Jobs más tarde, llegando a señalar que sin las cajas azules, quizás Apple no habría existido.
Para Wozniak, además del aspecto técnico, el proyecto tenía un componente lúdico. Le encantaban las bromas ingeniosas y pronto vio en la caja azul un potencial para ello. Así, en sus días universitarios, decidió realizar una llamada al Vaticano. En una entrevista posterior, Wozniak relató los detalles: telefoneó a Italia, pidió ser conectado con el Vaticano y, al ser atendido por una operadora, se identificó como Henry Kissinger, afirmando estar con el presidente Richard Nixon en una cumbre en Moscú y solicitando hablar con el Papa Paulo VI.
La operadora le informó que eran las 5:30 de la mañana y que el Pontífice estaba durmiendo. Wozniak, usando un acento, insistió en que lo despertaran y dijo que volvería a llamar en una hora. Cuando lo hizo, le informaron que conectarían con un obispo para que actuara como traductor. Al identificarse nuevamente como Kissinger, el interlocutor le reveló que acababan de verificar la historia llamando al verdadero Henry Kissinger en Moscú, poniendo así fin a la broma. Aunque no se completó, la anécdota se convirtió en una leyenda dentro de la historia temprana de los pioneros de Silicon Valley.
