Una célebre frase del científico inglés trasciende su época y plantea una reflexión vigente sobre el conocimiento, la curiosidad y los interrogantes que la ciencia no puede responder por sí sola.
En la época de Isaac Newton, la astronomía y la física estaban estrechamente ligadas a la filosofía y la teología. Los científicos de entonces reflexionaban tanto sobre las leyes de la naturaleza como sobre sus causas primeras. Muchos años después, una de sus frases más conocidas transmite una idea clara: el conocimiento científico es poderoso, pero no anula la curiosidad por ver más allá. Incluso cuando la ciencia brinda respuestas claras, podemos seguir preguntándonos y formulando cuestiones cada vez más profundas.
Las palabras de Newton nos recuerdan que aprender sobre el mundo es un proceso continuo y que reconocer los límites del saber es también una forma de sabiduría. Sus ideas ayudaron a comprender fenómenos como la caída de los objetos o las órbitas planetarias. Sin embargo, el propio científico admitía que la ciencia tenía sus fronteras. Su profundo interés por la teología explica este pensamiento.
Un artículo de National Geographic señala que «el sistema científico de Newton presuponía la existencia de un Dios que fijaba las leyes inamovibles del mundo físico». Agrega que, por ello, no sorprende su respuesta a la paradoja de las estrellas fijas. Cuando se le preguntó por qué las estrellas parecían estáticas a pesar de ser cuerpos materiales que deberían atraerse, su explicación fue teológica: «Dios las mantiene en su sitio como un gigantesco atlante».
La reflexión de Newton mantiene vigencia en múltiples ámbitos:
- Al señalar los límites del conocimiento científico, promueve el debate sobre teorías como la del Big Bang.
- Cuestiona la aplicación de la lógica para resolver toda situación, ya que las razones profundas no siempre son evidentes.
- Funciona como un incentivo para seguir aprendiendo, recordando que la información y la razón no lo explican todo, e invitando a mantener una mente abierta y reflexiva.
Isaac Newton (1643–1727), una de las figuras clave de la Revolución Científica, nació en una familia puritana y quedó huérfano de padre. Desarrolló una personalidad tímida. A los 19 años ingresó en la Universidad de Cambridge, pero durante la peste de 1665–1666 debió retirarse a su casa familiar, donde realizó descubrimientos fundamentales: las bases del cálculo, la naturaleza de la luz y las leyes del movimiento y la gravitación universal. Estas ideas quedaron plasmadas en su obra magna, Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica (1687), considerada uno de los libros más influyentes de la historia de la ciencia.
En el campo de la óptica, Newton demostró que la luz blanca está compuesta por un espectro de colores mediante experimentos con prismas. También diseñó el primer telescopio reflector práctico, mejorando la observación astronómica. Además, presidió la Royal Society y dirigió la Casa de la Moneda inglesa, donde impulsó reformas importantes. En 1705 se convirtió en el primer científico en ser nombrado caballero por la Corona británica.
