Un análisis de las particularidades que distinguen al fútbol de Europa y Argentina, desde el estilo de juego hasta las brechas económicas y culturales.
El fútbol se practica hasta en una plaza con un par de buzos de arcos, pero despliega un abanico de posibilidades y formas que lo hacen único. En la variedad está la atracción, aunque un estilo sea mucho más entretenido que otro. El principio y el final del análisis es la inevitable diferencia económica. Citar la brecha se torna elemental y a la vez necesario de recordar antes de caer en otros puntos. Europa le compra a Sudamérica, no hay manera entonces de que en estos pagos se vea lo mejor.
Expuesto lo obvio, se puede seguir adelante. En todo caso, la idea no es preguntarse por qué es imposible contar con un Harry Kane o un Khvicha Kvaratskhelia, sino en qué aspectos se alejaron, en cuáles podríamos acercarnos o incluso si hay algunos en los que los nuestros son superiores. Un primer elemento para tener en cuenta es que PSG-Bayern mejoró la temporada del fútbol europeo, no la sintetizó. Es la misma Champions que en su fase de grupos tuvo, por ejemplo, un 0-0 entre Olympiacos de Grecia y Pafos de Chipre. O se podría incluir que, recientemente, en la serie de cuartos de final entre Arsenal y Sporting Lisboa se vio apenas un gol.
La Premier League actual, la liga más cotizada y valorada, se describe más con la pelota parada de Arsenal que por la montaña rusa del Liverpool de Klopp de años anteriores. Nunca una semifinal de Champions había tenido 9 goles. Y será difícil que la final supere este partido. Es decir, no es frecuente un encuentro de esta naturaleza ni siquiera en la élite. Se juntaron dos equipos que hoy con Barcelona se destacan del resto por estilo de juego. Demostraron que, aun en estas instancias, se puede atacar a cara descubierta: los (pocos) alemanes y (muy pocos) franceses jugaron a tratar de hacer dos goles más que el rival.
El contraste es que aquí muchas veces la intención es ganar tratando de que el rival haga un gol menos. El fútbol es cultural. En Argentina, perder se siente; les pesa a los de adentro, les duele a los de afuera y esto hace que hunda más a los de adentro. Se juega como se va a vivir. Si el gol rival acerca a la derrota y esta al padecimiento, todos pondrán tanto o más énfasis en evitar el 0-1 que en procurar el 1-0. Claro, toda generalización tiene sus arbitrariedades. Y esta excluye a equipos que se prodigan ofensivamente. También habría que evitar caer en la crítica absoluta. Sentir así el fútbol es una forma de ser, de saber adaptarse, de usar todos los recursos posibles. Del caos nace la virtud.
Paralelamente camina la técnica del jugador, punto en el cual Europa presta especial atención desde hace años. España pasó de personificar la furia al tiki taka; Alemania no perdió músculo, pero ganó pase; Francia explota la habilidad; Inglaterra dejó el seven-eleven, con el que se denominaba el juego de centros al área, para buscar más asociaciones. En Argentina, el talento siempre existirá; se exporta más que la soja. Pero en proporción bajó. O no creció como en aquellos países. ¿Y si la falta de delanteros goleadores obedece a la involución en la definición?
La técnica manda, logra entre tantas cosas que allá la pelota no se vaya de la cancha y el partido esté en juego. Existen, además, menos mañas, menos especulación. Todo hace que el tiempo neto sea más alto. Son en promedio diez minutos más de juego; diez minutos en los que suceden más hechos interesantes. Aquí se marca diferente, gritará alguno, y tendrá algo de razón: se marca. Carlos Tevez contó en la semana que en Europa los jugadores pueden correr 12 kilómetros por partido y en Argentina totalizan menos de 10. Que él tuvo esa amplitud en su carrera, pero que sentía distinto el esfuerzo: “En Inglaterra simplemente me recuperaba del cansancio; cuando volví, al día siguiente del partido necesitaba que se me fueran los dolores por los choques y los golpes”.
El fútbol sudamericano -no sólo el nacional- todavía deja espacio para el volante de contención, aun con la obligación ya de no ser un negado en el toque. Allá, si no se recupera desde la presión, se defiende por ubicación, con la totalidad del equipo jugando a interceptar pases. Acá existe el quite todavía, el que trata de extirpar la pelota. La mayoría trata de no dejar jugar. Un encuentro de pierna fuerte y fricciones al por mayor se dice que es un partido típico de Libertadores. A no confundir, igualmente: los encuentros de los 60 y los 70 ya son inadmisibles en un fútbol de cámaras, árbitros menos permisivos y VAR. En la semana, Boca protagonizó uno de esos pese a que tiene otra referencia para copiar: los partidos de Libertadores de los 2000, aquellos en los que al equipo de Carlos Bianchi nunca lo pasaban por arriba; le llegaban poco y atacaba lo suficiente como para ganar.
El fútbol es uno solo, pero está lleno de particularidades.
