El monarca británico completó una exitosa gira de cuatro días por Estados Unidos, recibiendo elogios por su discurso ante el Congreso y su manejo diplomático.
Carlos III tuvo que esperar más de siete décadas para ponerse la corona y esta semana demostró que se había preparado toda la vida para este momento. Su visita a Estados Unidos difícilmente pueda haber salido mejor: la mayoría de la prensa británica destacó que marcó la cancha con altura a su aliado especial, mostró a su anfitrión que se puede hacer política con estilo, revitalizó la monarquía y de paso consiguió que levantaran los aranceles al whisky escocés. No tenía margen de error.
Abonada a los escándalos, la familia real británica necesita revalidar constantemente su razón de existencia. Al rey le alcanzó para que los medios británicos lo celebraran sin tener que adentrarse en temas espinosos como su vínculo con su hijo Harry o el arresto de su hermano por el caso Epstein, algo que seguramente vuelva con fuerza cuando baje la espuma. “La visita del rey Carlos a la Casa Blanca fue un ejercicio de distracción y negación a toda máquina”, sentenció la columnista de The Guardian Frances Ryan, que no compartió el entusiasmo de la mayoría de sus colegas. En Washington casi todos estuvieron encantados con el regreso del rey.
El clímax de lo que muchos llamaron una “masterclass diplomática” fue su discurso de 2600 palabras ante el Congreso en el que defendió a la OTAN, respaldó a Ucrania, invocó la Constitución, el Estado de derecho y la independencia de los poderes y, parafraseando a Abraham Lincoln, dijo que “el mundo no presta mucha atención a lo que decimos, pero jamás olvidará lo que hacemos”. Nunca mencionó directamente a Donald Trump y recibió doce ovaciones de pie, incluso de la bancada a la que parecía estar aleccionando. Con malicia, algunos comentaristas políticos dijeron que el trumpismo lo aplaudió porque no captó las sutilezas de su mensaje.
La señal más reveladora del impacto de su discurso no llegó de Washington, sino de Moscú. La respuesta estuvo a cargo de Dimitri Medvedev, el expresidente títere de Vladimir Putin devenido en la cara del bullying ruso. “Los reyes de Europa están tan aburridos que han tirado el manual y se han metido en política. ¿Qué otra explicación tiene que Carlos III y Carlos Gustavo XVI de Suecia se pongan a hablar de defender Ucrania y del Artículo 5 del Tratado de la OTAN? ¿No es hora de que recuerden que reinan pero no gobiernan?”, posteó Medvedev, que también aludió a la reciente visita del rey sueco a territorio ucraniano. El sarcasmo, desmedido para referirse a dos monarcas que no lideran ejércitos ni tienen poder ejecutivo, esconde que cualquier obstáculo en los planes rusos de desestabilizar el orden europeo de posguerra genera irritación.
La bala del rey entró en el Kremlin. Todo un logro en un momento en el que los líderes europeos parecen paralizados, sin capacidad de articular una respuesta colectiva a los desafíos que les plantean Trump y Putin. La institución que muchos consideran la más anacrónica de Occidente encontró las palabras justas y la audiencia internacional que no encuentran los líderes electos democráticamente. En otras palabras, Carlos III consiguió en Washington lo que Emmanuel Macron, Friedrich Merz o Keir Starmer no pudieron hacer: ser escuchados y no frustrarse en el intento.
¿Alcanzará para resetear las relaciones entre Estados Unidos y Gran Bretaña? Algunos lo ponen en duda. “Ninguna cantidad de soft power real tranquilizará a los generales estadounidenses preocupados por la falta de hard power del ejército de Gran Bretaña”, analizó la BBC. Brett McGurk, exasesor de cuatro presidentes para Medio Oriente, fue más allá: “Si el discurso del rey se tradujera en intereses comunes y en un reparto de la carga, habría una oportunidad. Si observamos lo que está sucediendo en Ucrania, realmente necesitamos a los británicos —y a su Armada— con nosotros en el estrecho de Ormuz”, dijo a la CNN.
La gira de cuatro días que incluyó Washington, Nueva York y Virginia fue la primera visita de Estado de un monarca británico a Estados Unidos desde 2007. Coincidió con el 250 aniversario de la Declaración de Independencia, una fecha cargada de simbolismo que Carlos III aprovechó con ironía. Bromeó sobre el “intento británico de remodelación inmobiliaria de la Casa Blanca en 1814” (una alusión histórica a un incendio durante la guerra de independencia), aseguró a los congresistas que no estaba ahí como parte de “ninguna astuta maniobra de retaguardia” para recuperar las colonias, y hasta llamó a los Padres Fundadores “rebeldes con causa”, una referencia cinéfila no apta para la generación Z que despertó risas en el Capitolio. Bajo la capa de humor británico había críticas que ningún diplomático hubiera podido pronunciar sin provocar una crisis. Carlos III nunca nombró a Trump, pero desaprobó implícitamente.
