lunes, 15 junio, 2026

La historia del general Lamadrid y el vino que casi lo envenena

Un error en la mesa del general Gregorio Aráoz de Lamadrid, quien da nombre a una calle porteña, estuvo a punto de costarle la vida cuando confundió una botella de medicamento con vino. El episodio quedó registrado en sus memorias.

El general Gregorio Aráoz de Lamadrid, militar unitario que participó en la guerra de la Independencia y luego gobernó La Rioja entre 1830 y 1831, estuvo a punto de morir tras ingerir un medicamento por error, según relató en el primer tomo de sus memorias. La calle Lamadrid, que figura en los planos porteños desde 1866, conmemora a este militar.

En su despacho, mientras escribía cartas, recibió una maleta con medicamentos embotellados provenientes de Córdoba. Uno de sus ayudantes colocó todas las botellas en el suelo excepto una, que había sido abierta por un cartero enfermo, y la dejó sobre una mesa junto a una botella de vino comenzada la noche anterior.

Alrededor de las dos de la tarde, Lamadrid pidió que le sirvieran el almuerzo en el despacho: queso de Tafí del Valle, charqui y huevos estrellados con tomate. Solicitó a su criado que le alcanzara el vino abierto, pero el criado le pasó la botella con el remedio. El militar bebió dos terceras partes de la botella y calificó su contenido como “muy bueno” y “dulce”.

Poco después, comenzó a sufrir “calambres y dolores mortales por todo el vientre y el cuerpo”. Se sintió al borde de la muerte y pidió la presencia de un confesor. Las tropas, creyendo que había sido envenenado, amenazaron con “pasar a cuchillo” al pueblo entero si fallecía.

El padre Bermúdez, un cura local, recomendó a Lamadrid bañarse en una “sangría de afrecho de trigo” (salvado y agua caliente) y frotarse el cuerpo para transpirar. Los calambres cesaron gradualmente y a la mañana siguiente el general se había recuperado.

En la esquina de Almirante Brown y Lamadrid, en el barrio de La Boca, funcionó durante años la farmacia del inmigrante italiano Giuseppe Ragozza, quien llegó a Buenos Aires en 1873. Ragozza era conocido por su sapiencia y la frase popular “A ese, ni Ragozza lo salva”. Falleció en 1924.

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