El escritor argentino analizó la relación entre ambas variantes del idioma y defendió una lengua literaria propia, en el marco del debate cultural de los años veinte.
La obra del escritor argentino Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, Suiza, 1986) supuso un hito fundamental en el origen del postmodernismo literario. Su influencia 40 años después de su muerte es tal que su biografía llegará ahora a la Mostra Internacional de Cine de Venecia, según se informó este jueves.
Considerado uno de los autores más destacados del siglo XX, Borges analizó en profundidad la relación entre Argentina y España, y el papel del idioma en la conformación nacional. El autor de Ficciones y El Aleph vivió en España de 1919 hasta su regreso a Argentina en 1921. Entre sus múltiples textos sobre la identidad y el idioma, Borges escribió: “Lo también español no es menos argentino que lo gauchesco y a veces más: tan nuestra es la palabra llovizna como la palabra garúa, más nuestra es la de todos conocida palabra pozo que la dicción campera jagüel”.
Borges sostenía que el verdadero idioma de los argentinos no se encontraba en forzar posturas extremas, a las que él identificaba como “influencias antagónicas”. Rechazaba tanto la obediencia estricta al “memorioso y problemático español de los diccionarios”, como la exageración de usar jerga callejera (a la que describía como una “jerigonza ocultadiza de los ladrones”) o preferir palabras gauchescas solo para intentar parecer distintos a España, lo cual consideraba una “norma engañosa” y un “pedantismo de nueva clase”.
“En resumen, el problema verbal (que es el literario, también) es de tal suerte que ninguna solución general o catolicón puede recetársele. Dentro de la comunidad del idioma (es decir, dentro de lo entendible: límite que está pared por medio de lo infinito y del que no podemos quejarnos honestamente) el deber de cada uno es dar con su voz”, apuntó.
El ensayo que da título al libro fue originalmente una conferencia dictada en el Instituto Popular de Conferencias el 23 de septiembre de 1927, hasta que al año siguiente se publicó por primera vez. El libro no estuvo exento de polémica. Hacia fines de los años veinte y comienzos de los treinta se desató un intenso debate en Argentina acerca de qué debía entenderse como una lengua verdaderamente nacional y cuál era su lugar en la literatura. Borges defendía que el “idioma de los argentinos” no era el español peninsular ni el lenguaje arrabalero, sino el habla criolla de los mayores, una materia verbal que debía nutrir una literatura genuina. A este planteo respondió años después Roberto Arlt, quien sostuvo que el verdadero idioma argentino era el que se hablaba en las calles y espacios populares urbanos, y que ese argot debía ser el sustrato de una literatura auténtica. “Lo que para Borges remitía al espacio mayor de la pampa, para Arlt se circunscribía al espacio urbano de la ciudad de Buenos Aires”, señaló el medio Redacción Rosario en 2018, reflejando así una de las discusiones centrales sobre la identidad cultural y literaria del país.
