La afirmación ‘no me importa lo que piensen los demás’ puede ser una declaración de independencia o una estrategia de gestión de impresiones, según estudios de psicología social.
La frase “no me importa lo que piensen los demás” suele utilizarse como una declaración de independencia: las decisiones propias no dependerían de la aprobación de amigos, familiares, compañeros de trabajo o desconocidos.
La psicología social muestra que prestar atención a la manera en que somos percibidos es una conducta habitual. Esto no significa que todos busquen aprobación constantemente ni que quien asegura ser indiferente esté mintiendo. La cuestión es más compleja: incluso mostrarse como alguien independiente de las opiniones ajenas puede contribuir a construir determinada imagen.
Qué es la gestión de impresiones
Los psicólogos Mark Leary y Robin Kowalski analizaron el fenómeno en una revisión publicada en 1990 en Psychological Bulletin. Lo denominaron impression management o gestión de impresiones: el proceso mediante el cual las personas intentan controlar las impresiones que los demás forman sobre ellas.
Los investigadores propusieron dividirlo en dos componentes. El primero es la motivación de impresión, es decir, cuánto desea alguien controlar cómo lo ven. Esa motivación puede cambiar según la situación y la importancia de las consecuencias. El segundo es la construcción de la impresión: qué imagen concreta intenta proyectar.
No todos queremos parecer lo mismo
Una persona puede querer transmitir competencia durante una entrevista laboral. Otra puede buscar parecer divertida durante una reunión social. También puede existir interés por proyectar seguridad, independencia o autenticidad.
Por eso, afirmar que a alguien no le importa la opinión ajena puede cumplir diferentes funciones. Puede ser una descripción sincera de una baja preocupación por determinada crítica. Pero también puede ayudar a reforzar ante los demás una identidad asociada con la autonomía y la seguridad personal. La teoría no permite determinar cuál de esas explicaciones corresponde a una persona simplemente por escuchar una frase.
El experimento que creó una reputación artificial
El psicólogo Roy Baumeister estudió experimentalmente cómo una reputación ya establecida podía influir en el comportamiento. En una investigación publicada en 1982 en Journal of Personality, los participantes recibieron una reputación creada mediante supuestos resultados de una evaluación de personalidad. Esa imagen podía ser conocida por otras personas con las que interactuaban.
El experimento mostró que, bajo determinadas condiciones, una reputación pública podía influir en la manera en que los participantes se presentaban posteriormente, especialmente cuando existía la posibilidad de volver a encontrarse con esas mismas personas. La reputación, por lo tanto, no era solamente algo que los demás pensaban. También podía convertirse en una referencia para el comportamiento posterior.
Cuando mantener una imagen empieza a importar
El resultado permite entender una situación cotidiana. Si dentro de un grupo alguien construyó durante años una reputación de persona independiente, puede existir cierto incentivo para actuar de manera coherente con ella. Mostrar repentinamente una gran preocupación por una crítica podría entrar en conflicto con esa imagen.
Eso no significa necesariamente que la persona esté fingiendo. La identidad que alguien presenta ante los demás y la manera en que se percibe a sí mismo pueden estar relacionadas. Autopresentación no equivale automáticamente a engaño.
Por qué cambiamos según quién nos mira
Las investigaciones también muestran que la autopresentación depende de la audiencia. Un estudio de William Gardner y Mark Martinko observó las interacciones de 34 directores escolares y encontró diferencias en sus comportamientos de gestión de impresiones dependiendo de características de sus interlocutores. Importaban factores como el estatus de la otra persona, si era conocida o desconocida y si pertenecía o no a la organización.
Es una conducta reconocible en la vida cotidiana: una persona probablemente no se presente exactamente de la misma manera frente a un jefe, un amigo cercano y alguien a quien acaba de conocer.
Las redes sociales agregaron otro escenario
Internet multiplicó además los espacios donde se construye una imagen pública. Una investigación con 477 usuarios de Facebook encontró relaciones entre determinados rasgos de personalidad, objetivos sociales y diferentes estrategias de autopresentación. Las redes permiten seleccionar fotos, opiniones, logros y experiencias para construir una versión pública de uno mismo. Pero la gestión de impresiones no nació con ellas: ocurre también en conversaciones y encuentros presenciales.
Decir que no importa no significa estar fingiendo
La investigación no permite concluir que quienes repiten “no me importa lo que piensen” estén secretamente tan preocupados por la aprobación como cualquier otra persona. Hay diferencias individuales y situaciones en las que una opinión externa realmente puede tener poca importancia.
Lo que la psicología muestra es algo más preciso: las personas suelen prestar atención a la imagen que proyectan, aunque aquello que quieran proyectar sea precisamente independencia respecto de las opiniones ajenas.
Así aparece una pequeña paradoja. Querer ser visto como alguien que no necesita aprobación sigue implicando, al menos en determinadas circunstancias, una imagen frente a los demás. Y una vez construida esa reputación, mantenerla puede convertirse en otro elemento que influya sobre cómo una persona decide comportarse.
