El Londres victoriano, un mundo de rígidos códigos morales y aparente orden, se vio sacudido en julio de 1895 por un hecho atroz que parecía desafiar toda lógica. La víctima fue Emily Coombes, una madre de familia. El presunto autor, su propio hijo mayor, Robert, quien entonces contaba con apenas trece años de edad. El crimen y su escalofriante desarrollo pondrían a prueba las creencias de una época sobre la inocencia infantil y la naturaleza del mal.
Un hogar marcado por la ausencia y la violencia
Robert Alan Coombes creció en el distrito de Bethnal Green, en el seno de una familia disfuncional. Su padre, marino mercante, pasaba largas temporadas en el mar, dejando el hogar a cargo de una madre descrita como estricta y propensa a castigos físicos. El joven Robert, un ávido lector, se sumergía en las populares y sensacionalistas publicaciones conocidas como «penny dreadfuls», repletas de relatos de crímenes y violencia. Este entorno, sumado a la omnipresente sombra de los crímenes de Jack el Destripador en el vecindario de Whitechapel años antes, conformó el oscuro universo del adolescente.
El crimen y la macabra rutina posterior
En la madrugada del 8 de julio, durante una de las ausencias del padre, Robert entró en la habitación de su madre mientras dormía. Tras golpearla en la cabeza, la apuñaló en el corazón. Acto seguido, el joven simplemente regresó a su cama. Al día siguiente, confesó el hecho a su hermano menor, Nathaniel. Lo que siguió fue una siniestra puesta en escena para ocultar el crimen.
Los hermanos robaron dinero de su madre, pagaron facturas y continuaron con su vida diaria, mintiendo a vecinos y conocidos sobre el paradero de Emily, a la que dijeron haber viajado a Liverpool. Incluso invitaron a un amigo de la familia, John Fox —un hombre con discapacidades mentales fácil de manipular—, a vivir con ellos, haciéndole creer que su madre estaba enferma en cama. Para ocultar el cuerpo en descomposición, llegaron a esparcir cal viva sobre él.
El descubrimiento y el juicio
La farsa se derrumbó cuando el insoportable hedor alertó a los vecinos, quienes forzaron la entrada a la vivienda. Allí encontraron el cuerpo en avanzado estado de descomposición. Robert fue arrestado junto a John Fox. Su juicio en la Corte Penal Central de Old Bailey conmocionó a la opinión pública. El adolescente no mostró el más mínimo arrepentimiento; por el contrario, exhibió una inquietante fascinación por los detalles del proceso judicial y su posible ejecución, llegando a dibujar su propio ahorcamiento.
De Broadmoor a Gallipoli: una vida de contrastes
Declarado culpable pero, debido a su edad, no sentenciado a muerte, los peritos lo diagnosticaron como un «maníaco homicida con períodos lúcidos». Fue enviado al hospital psiquiátrico de Broadmoor, donde pasó diecisiete años. Tras su liberación, emigró a Australia y, en un giro paradójico del destino, se alistó en el ejército durante la Primera Guerra Mundial. Sirvió como camillero en la sangrienta campaña de Gallipoli, donde fue condecorado por su valentía al salvar vidas bajo fuego enemigo.
Tras la guerra, llevó una vida tranquila y anónima en una granja y como profesor de música en Nueva Gales del Sur. Adoptó un hijo y nunca volvió a tener problemas con la ley. Falleció en 1949, a los 67 años, llevando consigo para siempre los secretos de una mente que, en su juventud, cometió uno de los crímenes más desconcertantes de la era victoriana.
