Un episodio documentado en Serbia a principios del siglo XVIII, donde se investigaron muertes atribuidas a seres nocturnos, dio origen al término ‘vampiro’ en Occidente. Expertos explican cómo fenómenos naturales y malentendidos culturales forjaron una leyenda que la ciencia desmitificó, pero que el arte inmortalizó.
A principios del siglo XVIII, una serie de eventos en aldeas serbias como Medveda y Kisiljevo generaron una ola de pánico que se extendió por Europa. Los lugareños reportaron ataques de seres nocturnos que, según sus relatos, causaban muertes por asfixia. Este fenómeno, cubierto en 1725 por el diario austríaco Wienerisches Diarium (hoy Wiener Zeitung), marcó la popularización en Occidente del término «vampiro», cuya raíz etimológica se remonta a la palabra eslava «upir», que aludía a criaturas demoníacas.
El historiador alemán Thomas M. Bohn señala que el choque cultural entre funcionarios austriacos, que se consideraban ilustrados, y la población local, percibida como primitiva, alimentó la fascinación por estos supuestos no-muertos. Cuando médicos imperiales exhumaron cadáveres para investigar, encontraron cuerpos que no presentaban los signos esperados de descomposición.
Según el profesor Clemens Ruthner, del Trinity College de Dublín, el término moderno surgió de un malentendido lingüístico durante esas investigaciones: «El intérprete probablemente murmuró algo como ‘upir’, que es una palabra eslovena para demonio, y de ese malentendido nació la palabra ‘vampiro'».
La ciencia contemporánea ha ofrecido explicaciones para los hallazgos que entonces se interpretaron como vampirismo. National Geographic detalló que la saponificación, un proceso químico en entornos fríos y húmedos, puede conservar los tejidos por largos periodos. Asimismo, la presencia de sangre fluida o sonidos al presionar el tórax son fenómenos naturales (hemorragia post mortem o liberación de gases) que, en el siglo XVIII, carecían de explicación forense.
El contexto histórico fue clave para la propagación del mito. En el marco del conflicto entre el Imperio Otomano y la Monarquía de los Habsburgo, la figura del vampiro emergió como una alternativa sobrenatural a la «amenaza turca». Bohn indica que estas leyendas permitieron proyectar temores sociales en chivos expiatorios.
Posteriormente, el discurso de la Ilustración intentó desterrar estas creencias tachándolas de supersticiones, pero el impacto en la cultura popular ya era irreversible. El Romanticismo transformó la figura: mientras mitologías antiguas como la griega la vinculaban con lo femenino, el siglo XIX consolidó la imagen del aristócrata pálido y seductor. Obras como El vampiro de John Polidori (1819) y, décadas después, Drácula de Bram Stoker, transformaron el horror aldeano en un ícono estético de la literatura.
Este recorrido histórico muestra que el vampiro fue una construcción social, producto de la interpretación de procesos biológicos desde la ignorancia de la época. Aunque la ciencia reveló la verdad sobre su inexistencia, el mito encontró en el arte su refugio definitivo para perdurar hasta nuestros días.
