La psicóloga Sofía Lewicki propone un enfoque reflexivo para entender el comportamiento infantil, priorizando la comprensión sobre el señalamiento inmediato del error.
La crianza respetuosa, el establecimiento de límites claros y el manejo del estrés cotidiano representan un desafío significativo para padres, madres y cuidadores. En este contexto, la coherencia, la empatía y la calma se presentan como aspectos fundamentales. La psicóloga especialista en crianza, Sofía Lewicki, sugiere que antes de reprender a un niño es aconsejable hacer una pausa breve y formularse algunas preguntas para comprender la raíz de su conducta.
Lewicki explicó que, ante una pataleta, un error o una situación inesperada, la reacción adulta suele ser inmediata frente a lo observable, pero «la conducta es sólo la parte visible de algo más profundo». La especialista señaló que, a menudo, al retar, lo primero que surge es el señalamiento del error. No obstante, afirmó que «criar no necesita empezar desde la acusación; muchas veces necesita empezar desde la comprensión». Por ello, enumeró cinco preguntas que los adultos pueden considerar antes de corregir a un hijo.
La psicóloga indicó que muchos comportamientos interpretados como «portarse mal» son, en realidad, expresiones de una necesidad no satisfecha del niño. Por ejemplo, un niño que grita en el supermercado podría estar cansado o sobreestimulado; uno que empuja a un hermano puede manifestar frustración, y otro que se resiste a vestirse quizás necesite más tiempo para realizar una transición. «Es importante empezar a ver que los comportamientos —tanto de nuestros hijos como los nuestros— son una forma de comunicar algo», detalló.
Lewicki recomendó comenzar por indagar sobre las necesidades básicas: ¿Durmió bien?, ¿tiene hambre?, ¿está cansado?, ¿está pasando por un momento que lo vuelve más sensible?, ¿hace mucho que no juego con él, lo abrazo o tenemos una conversación?.
La especialista también hizo hincapié en que, en ocasiones, se espera que los niños posean habilidades que aún están en desarrollo. Esperar pacientemente en un restaurante, compartir siempre, tolerar la frustración o controlar un impulso fuerte son capacidades que se aprenden con el tiempo. «A ciertas edades, exigirles es ir en contra de su fisiología del desarrollo», señaló. Un niño de cuatro años que se desespera por obtener algo de inmediato no está necesariamente desafiando a sus padres; es posible que aún no pueda gestionar la espera. La solución, según Lewicki, no es ceder al instante, sino acompañar y enseñar a manejar esa espera de la manera más amorosa posible.
«Cuando criamos, estamos tan enfocados en las necesidades y conductas de los niños que nos olvidamos de mirarnos a nosotros mismos. Los adultos también tenemos un sistema nervioso que se agota», destacó Lewicki. La exigencia diaria de los padres es inmensa, y la autocompasión suele ser escasa. Si un adulto llega a casa después de un día largo de trabajo, con preocupaciones económicas o una gran sobrecarga de cuidados, es más probable que reaccione con irritación. Un incidente menor, como algo que se derrama en la mesa, puede sentirse como «la gota que rebalsó el vaso», cuando en realidad el niño no es el origen del malestar, sino el último eslabón de una cadena de estrés acumulado.
Para la psicóloga, existe una diferencia fundamental al enfrentar estas situaciones: preguntarse si lo que se le dice al hijo pretende enseñar o simplemente señalar el error y recalcar lo mal que actuó. «Retar está más ligado a un lugar de señalamiento del error que a poder crear una situación de aprendizaje. Ahí los límites son un gran aliado, porque el límite es el borde necesario que abre un espacio para cuidar, a la vez que muestra un hasta dónde sí y hasta dónde no», explicó.
Lewicki ejemplificó: si un niño tira un juguete y golpea a otro, el límite no debería consistir en decir «¡dejá de hacer eso!», sino en ayudarlo a comprender las consecuencias de su acto. Recomendó frases como: «Cuando tirás cosas, podés lastimar a alguien. Vamos a buscar otra forma de descargar ese enojo». Si el niño persiste, la intervención debe ser firme pero amorosa, priorizando la seguridad y el aprendizaje sobre el castigo.
