Un joven de Villa María relata su lucha contra un tumor poco frecuente, el apoyo de su familia y pareja, y el proceso de tratamiento que incluyó quimioterapia.
“Venía con dolores en la parte lumbar de mi espalda que no me dejaban dormir. Los calmantes que tomaba no me hacían nada y lo único que me aliviaba un poco era bañarme con agua caliente, así que por noche capaz me daba unos seis o siete baños. A pesar de que esos baños me calmaran, los dolores duraban unos 30 minutos y luego volvían. Eran punzantes, como si me pincharan con una aguja en la cadera”, relató Federico Hernis.
Su vida era plena y activa. Trabajaba en el lavadero de una concesionaria y, por las tardes, daba clases de boxeo. Llevaba cinco años de noviazgo con Micaela. Al principio, los médicos le dijeron que unos órganos se habían superpuesto y que una simple cirugía lo corregiría todo. Pero, tras una hora de espera, el doctor regresó con una noticia diferente: el diagnóstico era un tumor maligno.
El tumor se ubicaba en la zona retroperitoneal, ejerciendo presión sobre la vena cava. La familia tomó la decisión de trasladarlo de Villa María al Hospital Universitario Privado de Córdoba Capital. Allí, los médicos confirmaron el tumor abdominal y, en el mismo chequeo, descubrieron otra masa en uno de sus testículos.
“Al principio, sentí un miedo que me apretaba el pecho: lo primero que te pasa por la cabeza es que quitarme un testículo podría arruinar mi fertilidad para siempre. Pero los doctores me calmaron con paciencia, explicándome que conservar el otro no afectaría eso”, contó Federico. Por precaución, acudió a una clínica para preservar espermatozoides.
Se realizó una orquiectomía y la biopsia posterior confirmó que esa masa era benigna. Sin embargo, el tumor abdominal, que le causaba dolor, creció de 12 cm a 20 cm en 21 días. Los resultados confirmaron que era un sarcoma muy agresivo y poco estudiado.
Por indicación de su oncólogo, inició un tratamiento de seis ciclos de quimioterapia. Cada ciclo duraba tres días de internación, seguidos de 21 días de descanso. “Micaela fue y es uno de mis pilares fundamentales para sostenerme emocionalmente. Por lo general, después de cada quimio, me caía mucho mental y emocionalmente; tenía —y sigo teniendo— muchos miedos y angustias sobre mi futuro. Su acompañamiento, junto con el de mis viejos, fue para mí esencial, un faro en la tormenta”, expresó.
