El Museo Emilio Caraffa, núcleo del patrimonio visual cordobés, nació a principios del siglo XX y hoy enfrenta el reto de ampliar su acervo, corregir sesgos históricos y adaptarse a nuevas audiencias.
La formación del patrimonio artístico de Córdoba es el resultado de voluntades políticas, adquisiciones visionarias y el impulso de generaciones de artistas. Su historia institucional comenzó entre 1914 y 1916 con la creación del Museo Emilio Caraffa (MEC), que para su inauguración contó con un préstamo de 116 obras del Museo Nacional de Bellas Artes.
La colección creció, en sus inicios, principalmente a través de becas de formación en Europa otorgadas a artistas varones, un reflejo de las limitaciones sociales de la época para las mujeres. «La beca nunca se le hubiera otorgado a una mujer, porque una mujer viviendo un año en Europa hubiera sido inaceptable», explicó Mariana Del Val, directora del MEC.
Las compras también marcaron hitos. En 1926, el entonces gobernador Ramón J. Cárcano adquirió «Bailarines» de Emilio Pettoruti, una obra de vanguardia que generó polémica pero demostró una mirada política adelantada. Décadas después, en 2005, la expropiación del Palacio Ferreyra y la adquisición de la serie «Manos Anónimas» de Carlos Alonso, una obra con fuerte contenido social, representó otro punto de inflexión.
Hoy, el museo analiza su acervo con una mirada crítica. De sus 1.329 piezas, solo el 10,15% son de artistas mujeres, una disparidad que se repite en otras instituciones como el Centro de Arte Contemporáneo (CAC). «Nuestro pendiente es trabajar en los núcleos donde no existen los relatos de la presencia de lo femenino», admitió Del Val. Corregir este sesgo histórico, rescatando obras de artistas mujeres de generaciones pasadas, es una de las misiones actuales.
El crecimiento constante de la colección, a un ritmo de unas 20 piezas anuales, y las donaciones plantean un desafío de espacio y almacenamiento, lo que impulsa proyectos de ampliación. El MEC cuenta con un taller de restauración propio y un depósito de aclimatación para la conservación.
Más allá de la guarda, el museo avanza en proyectos de accesibilidad, como un paisaje sonoro para personas ciegas; en la revalorización de su colección con una muestra dedicada a artistas mujeres; y en experiencias educativas para jóvenes, buscando fomentar el pensamiento crítico a través del arte.
