sábado, 13 junio, 2026

Donald Trump enfrenta presión doméstica que debilita su posición negociadora con Irán

La aprobación del presidente estadounidense cayó al 34%, el precio de la gasolina subió más del 46% y dos tercios de la población prefiere poner fin al conflicto. Estos factores reducen el margen de maniobra de Washington frente a Teherán.

En teoría, Estados Unidos llega a la negociación con Irán desde una posición de fuerza militar indiscutible. En la práctica, la política exterior rara vez funciona solo con los activos militares sobre la mesa. Lo que determina el margen real de negociación es la capacidad de sostener un conflicto en el tiempo sin que el costo político doméstico se vuelva insoportable. Y en ese plano, la posición de Trump es considerablemente más débil de lo que sugiere el poderío del Pentágono.

Los números son elocuentes. La aprobación de Trump cayó a 34%, el nivel más bajo de su segundo mandato, con desaprobación fuerte en 49% de la población. El rechazo es transversal: apenas el 19% de los jóvenes de entre 18 y 29 años aprueba su gestión, y entre los votantes independientes —el segmento que define las elecciones legislativas— la desaprobación supera el 70%.

El factor que más presiona esa aprobación es el costo de vida. Desde el inicio del conflicto con Irán, el precio de la gasolina regular en Estados Unidos subió más de 46%, hasta superar los 4,29 dólares por galón. La nafta premium llegó a 5,17 dólares y el diésel a 5,43 dólares, con incrementos de entre 32% y 47% respecto de los niveles previos a la guerra. El petróleo Brent tocó 114 dólares por barril en el pico del conflicto.

A eso se suma la posición de la opinión pública frente al conflicto en sí. Cerca de dos tercios de la población (66%) prefiere que Estados Unidos trabaje para poner fin rápidamente a su participación en el conflicto aunque eso implique no alcanzar todos los objetivos planteados. Solo el 27% respalda sostener la guerra hasta conseguir esos objetivos. La fractura es partidaria pero no exclusiva: entre los republicanos, el apoyo a sostener el conflicto llega al 57%, pero entre los independientes cae a 20% y entre los demócratas a apenas 8%.

La combinación de estos factores produce una paradoja estratégica. Trump necesita una salida rápida del conflicto para contener el shock energético, aliviar la presión sobre el costo de vida y evitar que la guerra se convierta en el eje de la campaña legislativa. Pero necesitar una salida rápida significa que el otro lado de la mesa lo sabe. Y cuando el adversario conoce tu urgencia, tu poder de negociación se reduce. Washington podría estar más apremiado que Teherán por cerrar algún acuerdo, lo que invierte la lógica de poder que normalmente favorece a la potencia más grande.

Del lado iraní, el cuadro es más complejo de leer. Las negociaciones conviven con señales de fractura interna en el régimen. El presidente Pezeshkian habría sido excluido de las decisiones clave de política exterior, lo que confirma que el poder real de negociación no reside en el ejecutivo formal sino en el Líder Supremo y la Guardia Revolucionaria. Esa dualidad de poder es un factor de imprevisibilidad.

El impacto del shock energético sobre la economía global añade otra capa de urgencia al cálculo. El salto del petróleo obligó a revisar al alza la inflación general para 2026 en prácticamente todas las regiones del mundo. En Estados Unidos, la inflación general podría superar el 4% en el segundo y tercer trimestre del año. En la Eurozona, la revisión alcanza 1,2 puntos porcentuales adicionales respecto del escenario previo al conflicto.

La variable a monitorear en las próximas semanas es si la pausa que Trump anunció a mediados de mayo —cuando señaló que había “negociaciones serias” en marcha y suspendió un ataque militar programado— se convierte en un acuerdo interino que permita una desescalada gradual, o si la dinámica interna iraní bloquea esa salida y el conflicto se prolonga.

Hay una lección más amplia que este episodio vuelve a poner sobre la mesa. En el mundo multipolar que está emergiendo, la capacidad de proyectar fuerza militar no se traduce automáticamente en capacidad de negociación efectiva. Los actores más pequeños pueden resistir más de lo que los modelos de poder relativo sugieren cuando tienen mayor tolerancia al costo doméstico del conflicto o cuando la urgencia política del adversario más poderoso opera como un factor de nivelación. Trump llegó al conflicto con Irán con la mayor maquinaria militar del mundo. La pregunta era siempre cuánto tiempo podía sostenerlo políticamente. Y la respuesta, a juzgar por los números de aprobación y el precio de la gasolina, parece ser: no demasiado.

(*) El autor es profesor de la Universidad del CEMA.

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