Mencho Sosa, exfutbolista de River Plate, transformó su pasión por la pelota en un espectáculo callejero que lo llevó a más de 35 países, incluyendo una participación en el Carnaval de Venecia. Su trayectoria combina el deporte con el teatro y el circo, manteniendo el juego como eje central.
Diego Maradona solía decir que la pelota se volvía extensión del cuerpo, una compañía que entendía cada impulso. En Villa Fiorito, el juego era una forma de estar en el mundo. Años después, en Santos Lugares, un niño descubrió ese vínculo íntimo con la pelota, aunque su destino lo llevó del estadio al escenario.
“Crecí en Santos Lugares, en un barrio donde la calle, el club y el campito de atrás de las vías eran un gran patio de juego y libertad”, recordó Mencho Sosa. Su infancia transcurrió entre pelotas improvisadas con latas o papeles envueltos en cinta, y tardes infinitas de juego compartido. “Si había una pelota, el día estaba resuelto”, afirmó.
El sueño inicial era ser futbolista. Entrenó en clubes como River Plate, donde aprendió compañerismo y disciplina. Sin embargo, la presión y la competencia lo llevaron a perder el goce primario. “De chico era todo divertirse con la pelota, pero con los años las presiones me hicieron perder un poco esa parte lúdica”, confesó.
El giro llegó desde el teatro. Un centro cultural de barrio lo introdujo al arte escénico, primero como curiosidad, luego como revelación. Estudió en la Escuela Argentina de Mimo y en la EMAD, donde fusionó herramientas teatrales con su historia futbolera. La calle volvió como escenario: circo, malabares y semáforos fueron su escuela. “Fue una escuela directa, sin filtros”, recordó.
“Mencho Sosa (su nombre artístico) empezó a aparecer cuando decidí volver a la esencia del fútbol, jugar con una pelota sin violencia, sin odios ni presiones, solo por el placer de jugar”, explicó. La pelota se transformó en compañera escénica. “Dialogamos, a veces gana ella, a veces gano yo, pero en la mayoría de los casos somos equipo y ganamos los dos”, agregó.
Más de 35 países, múltiples culturas y un lenguaje común: el fútbol y la risa. “A veces no hace falta hablar la misma lengua, porque el idioma que nos une es el del fútbol y la risa es universal”, afirmó. El Carnaval de Venecia, con su tradición centenaria, se convirtió en uno de sus hitos. “Fue una consecuencia de años de trabajo en la calle, en festivales, en varietés, de insistir y crecer función tras función”, explicó.
Su familia lo sostiene en el camino itinerante. “Tengo una hija de 12 años y una compañera que es contorsionista, acróbata y payasa. Mi familia es mi sostén, quienes me recuerdan quién soy cuando baja el telón”, indicó. Tras varios años en Italia, regresó a la Argentina. “Volver a Santos Lugares fue reencontrarme con todo lo que me formó”, señaló. La realidad económica lo impulsa a seguir viajando. “Toca seguir saliendo del país para pelear por mis sueños y representar a la Argentina en cada lugar”, afirmó.
“Trato de fomentar en los chicos esa esencia del fútbol, crear, divertirse, fantasear, jugar y jugársela en cada jugada”, concluyó. La historia de Mencho Sosa propone una síntesis inesperada entre fútbol, circo y teatro, rescatando la capacidad de jugar, conectar y emocionar.
