domingo, 16 agosto, 2026

La libertad impuesta: un análisis sobre la coerción y el control en la era digital

Un análisis filosófico y político examina cómo distintas corrientes de pensamiento han justificado la limitación de la libertad individual en nombre de un supuesto bien mayor, y cómo las nuevas tecnologías digitales plantean desafíos adicionales al ejercicio de la autonomía.

La asociación entre pérdida de libertad y prohibición es habitual. Sin embargo, se presenta una paradoja cuando quienes limitan la libertad afirman estar ayudando a las personas a ser verdaderamente libres. El filósofo Isaiah Berlin advirtió sobre esta paradoja de la libertad positiva: mientras la libertad negativa implica la ausencia de coerción y la posibilidad de actuar sin interferencias arbitrarias, la libertad positiva sostiene que ser libre significa gobernarse racionalmente y actuar conforme al deber.

La libertad positiva tiene una larga tradición filosófica. Séneca afirmó que “la verdadera libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en querer lo que se debe”, y consideraba que el hombre solo es libre cuando domina sus pasiones. Immanuel Kant definió la libertad como autonomía racional, señalando que quien sigue sus impulsos o deseos inmediatos no actúa libremente, sino como esclavo de sus inclinaciones biológicas.

Entendida como exigencia ética individual, esta concepción resulta valiosa. No obstante, cuando el concepto de “hacer lo que se debe” deja de pertenecer a la conciencia de cada persona y pasa a ser monopolizado por el Estado, se plantea un problema político. Berlin prevenía que, si el gobernante concluye que los ciudadanos son demasiado ignorantes para comprender su verdadero bien, termina adjudicándose el derecho de obligarlos a actuar en nombre de una libertad que ellos mismos serían incapaces de reconocer. Así, el coartador de la libertad se convierte en libertador de ella.

El marxismo-leninismo se expresó en un sentido similar al sostener que el trabajador alienado por el capitalismo desconoce sus verdaderos intereses y que su auténtica libertad consiste en emanciparse como clase, construyendo la sociedad comunista. Como el proletariado no comprende plenamente esa misión histórica, el Partido Comunista se atribuye la responsabilidad de pensar y decidir en su nombre. El fascismo recorrió un camino diferente, aunque llegó a un resultado similar: la libertad dejó de ser un derecho individual para transformarse en un deber hacia la Nación o la raza, donde el individuo solo alcanzaba su plenitud fundiéndose con la voluntad del líder.

Esta misma estructura argumentativa puede reaparecer en discursos contemporáneos de signo distinto. Cuando un dirigente sostiene que el Estado está capturado y que la sociedad vive alienada por determinadas instituciones, concluye que solo un liderazgo excepcional puede devolverle su verdadera libertad. Si la mayoría desconoce el verdadero significado de la libertad, se justifica la necesidad de una figura providencial que rompa el sistema y obligue a la sociedad a regresar al supuesto orden natural.

La diferencia actual es que ya no hace falta convencer a las personas de cuál es su verdadero interés; basta con modelar lentamente las decisiones que creen tomar por sí mismas. Las nuevas formas de control político agregan un componente que los totalitarismos del siglo XX no imaginaron: ya no siempre es necesario recurrir a la violencia física para orientar el comportamiento social. La tecnología digital permite un control más silencioso, sofisticado y preventivo. A través del big data y los algoritmos, los hábitos son registrados, los deseos anticipados y las decisiones sutilmente orientadas, y las personas terminan creyendo que actúan libremente porque hacen aquello que “quieren”. Una dinámica de manipulación de la que aún perduran los ecos del escándalo de Cambridge Analytica.

La inteligencia artificial amplía esas capacidades. Algunos Estados manipulan tendencias en redes sociales, bloquean cuentas o inundan el espacio digital con determinadas narrativas para que los ciudadanos incorporen “naturalmente” aquello que el poder considera verdadero. El control deja de imponerse mediante el miedo y comienza a ejercerse mediante la predicción y la persuasión.

La batalla por la libertad ya no se libra únicamente en las calles o en los parlamentos, sino también en los algoritmos que organizan la información que se consume y en las normas que regulan la privacidad de los datos. La leyenda del Golem ilustra esta paradoja: el rabino Loew creó al Golem, una criatura de barro destinada a proteger a la comunidad de Praga, a la que dio vida con un pergamino con uno de los nombres secretos de Dios. El Golem no tenía voluntad propia y obedecía órdenes, pero su obediencia absoluta terminó amenazando a la misma ciudad que debía proteger.

La analogía es evidente: el Golem representa al Estado burocrático, al algoritmo de control social o a cualquier dogma político que pretenda automatizar el deber. Todos nacen prometiendo proteger a la sociedad de algún enemigo (el caos, la pobreza, la corrupción, la casta o la injusticia), pero cuando olvidan que la libertad pertenece al individuo y no al poder, terminan destruyendo aquello que decían defender. La mayor amenaza para la libertad proviene de quienes aseguran conocer su verdadera esencia y deciden imponer qué significa ser libres.

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