El doctor Francisco José Tarazona Santabalbina, presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, explica las consecuencias físicas y psicológicas de las caídas en personas mayores y cómo prevenir la cronificación del temor.
Las caídas en personas mayores pueden desencadenar consecuencias graves, como fracturas de cadera, que en muchos casos preceden a otros problemas de salud. Sin embargo, el impacto no es solo físico. Según el doctor Francisco José Tarazona Santabalbina, geriatra y presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, “en muchas ocasiones, también dejan una huella emocional que limita la movilidad y la autonomía de la persona mayor”.
Esa huella emocional se denomina síndrome postcaída, un cuadro psicológico que aparece cuando, tras una caída, la persona siente miedo a que vuelva a ocurrir. El especialista detalla las causas de ese temor, sus efectos y las estrategias para evitar que se cronifique y afecte la calidad de vida.
Qué es el síndrome postcaída
El síndrome postcaída se define como el conjunto de consecuencias físicas, funcionales y psicológicas que pueden aparecer después de una caída. Aunque la lesión inicial sea leve o inexistente, muchas personas mayores desarrollan un miedo intenso a volver a caerse. Ese temor genera pérdida de confianza en las propias capacidades, lo que lleva a reducir la actividad física y puede iniciar un círculo vicioso de inmovilidad, pérdida de fuerza muscular, aislamiento social y dependencia.
Influencia del lugar de la caída
El contexto de la caída influye en la respuesta emocional. Una caída en el domicilio suele asociarse a factores intrínsecos como problemas de movilidad, equilibrio o enfermedades crónicas. En cambio, una caída en la vía pública puede deberse a barreras arquitectónicas, irregularidades del terreno o condiciones ambientales. Emocionalmente, una caída en casa puede interpretarse como señal de pérdida de autonomía, mientras que en la calle puede generar vergüenza o inseguridad por la exposición ante otras personas.
Prevalencia y factores de riesgo
No todas las personas mayores que sufren una caída desarrollan el síndrome. La mayoría se recupera por completo. El síndrome aparece con mayor frecuencia en personas con fragilidad, antecedentes de caídas, problemas de equilibrio, deterioro funcional o cognitivo, o carencia de una red de apoyo. También es más común cuando la caída provoca una lesión importante o cuando la persona permanece mucho tiempo en el suelo sin recibir ayuda.
Según publicaciones científicas, las mujeres manifiestan con mayor frecuencia el miedo a caerse y sus consecuencias psicológicas, aunque el síndrome puede afectar a ambos sexos.
Efectos físicos y en enfermedades crónicas
El miedo a caerse tiene efectos físicos: la reducción de la actividad física provoca pérdida de masa muscular, disminución de la fuerza, peor equilibrio y menor capacidad para realizar actividades cotidianas. Esto favorece la dependencia, aumenta el riesgo de nuevas caídas y puede acelerar procesos de fragilidad.
Además, la inmovilidad puede empeorar la evolución de enfermedades cardiovasculares, diabetes, patologías respiratorias, artrosis o insuficiencia cardiaca. El aislamiento social y la pérdida de autonomía también impactan negativamente en la salud mental, manifestándose como miedo, inseguridad, pérdida de autoestima, ansiedad y síntomas depresivos.
Paradójicamente, el miedo excesivo lleva a caminar de forma más rígida, reducir la actividad física y perder fuerza muscular, lo que empeora el equilibrio y aumenta el riesgo de nuevas caídas.
Prevención y tratamiento
Para evitar la cronificación, el doctor Tarazona recomienda actuar precozmente: evaluar las causas de la caída, corregir factores de riesgo y fomentar una movilización segura lo antes posible. Los programas de ejercicio físico adaptado, centrados en fuerza, equilibrio y marcha, han demostrado ser eficaces.
En caso de caída, la persona debe mantener la calma, comprobar si hay dolor intenso, sangrado o dificultad para moverse, y pedir ayuda si no puede levantarse con seguridad. Después, es importante consultar con un profesional sanitario y no abandonar la actividad física por miedo.
Uno de los errores más frecuentes es sobreproteger a la persona mayor. Limitar innecesariamente sus actividades o transmitir mensajes de peligro puede reforzar el miedo y la sensación de incapacidad.
La familia y los cuidadores deben ofrecer apoyo emocional, fomentar la autonomía y acompañar en la recuperación sin sustituir las actividades que la persona aún puede realizar. También es útil revisar la seguridad del hogar, promover hábitos de ejercicio y mantener una vida social activa. “La confianza no se recupera de un día para otro, pero con apoyo, entrenamiento y un enfoque positivo, la mayoría de las personas pueden volver a desarrollar una vida autónoma y satisfactoria”, concluye el especialista.
