Un análisis describe cambios demográficos, laborales y sociales en los suburbios del Gran Buenos Aires, con énfasis en la subsistencia de los trabajadores y la transformación de las estructuras familiares e institucionales.
Los suburbios del Gran Buenos Aires que comenzaron a poblarse hace cien años debido a la saturación espacial de la Ciudad de Buenos Aires y a una industrialización incipiente presentan hoy un panorama demográfico y económico caracterizado por la subsistencia. El segmento mayoritario que se mantiene en la legalidad ya no tiene como objetivo el progreso, sino una supervivencia digna.
Este fenómeno tiene raíces que se remontan aproximadamente medio siglo atrás. Se observa una dinámica social inversa a la integración durante las últimas décadas: cada crisis implica un nuevo descenso para millones de personas. El período actual, signado por la cuarentena y una reestructuración socioeconómica, resulta más irrevocable que los anteriores.
Entre los fenómenos socioculturales se mencionan la consolidación del protagonismo femenino, la crisis de autoridad en hogares a cargo de mujeres, hombres que abandonan sus hogares y adolescentes que conforman núcleos convivenciales propios. La proliferación de hogares con morfologías novedosas, donde mujeres y adolescentes asumen el rol de proveedores, es una consecuencia de las separaciones y pleitos por la crianza. La deserción escolar no revertida desde 2020 se atribuye, en parte, a que los hijos mayores quedan a cargo de sus hermanos menores.
La insuficiencia de ingresos obliga a muchos jóvenes a buscar changas. La solidaridad de parientes, templos evangélicos, parroquias y referentes barriales ha sido sustituida por oportunidades ofrecidas a través de teléfonos celulares y redes sociales. Estas habilitan trabajos de transporte por aplicaciones, deliveries y otras ofertas.
En el orden laboral, se suman oficios clásicos como construcción, venta ambulante, jardinería, enfermería, reparación de celulares y asistencia doméstica. La multiplicidad de trabajos determina una itinerancia costosa por el aumento del precio de los transportes y estresante por demoras, vehículos atestados y suspensiones. Se estima que una cuarta parte de la vida se destina a viajar.
Otra fuente de tensiones es el endeudamiento. La reducción inflacionaria llevó a trabajadores formales y monotributistas al crédito formal, pero el alza de tasas destinó esos fondos a necesidades básicas. El receso económico produjo moras y aumento de intereses, con cierre de millones de cuentas. Las necesidades apremiantes derivaron en el uso de mercados informales a tasas más elevadas y riesgos judiciales. Se suma la extensión del juego clandestino, atractivo para jóvenes a través de pantallas, que promete prosperidad sin moverse de casa pero conduce a deudas y apremios.
La crisis de autoridad familiar se replica en clubes, templos e iglesias, y referentes barriales. Los clubes son cooptados por barras bravas. Los potreros de plazas son ‘cuidados’ por ‘dueños’ que cobran ‘peajes’ y permiten la observación de operadores de clubes grandes y narcomenudistas. La crisis de representación afecta a los ‘punteros’, cuyo poder territorial se ve desplazado por micropoderes volátiles manejados por adolescentes de familias ‘picantes’.
Se configura una subcultura urbana con valores de presente continuo y experiencias intensas al borde de la violencia. El déficit del hábitat incluye conexiones clandestinas, falta de desagües, inundaciones, recolección de residuos en asentamientos no mapeados, contaminación ambiental por parques industriales que afecta al acuífero Puelche, asfaltos precarios y viviendas inconclusas.
A pesar de ello, se destaca una humanidad admirable por su lucha y disposición a reinventarse, mediante cursos breves de oficios o carreras universitarias condicionadas. La contrapartida es la culpa ante la caída de familiares y flagelos en ascenso: suicidios, adicciones y estados psicóticos. El poder político se limita a administrar este estado de cosas.
