La cooperación militar entre Rusia e Irán, el ataque ucraniano a un carguero iraní en el Mar Caspio y la escasez de misiles en Estados Unidos muestran la creciente interconexión entre las guerras en Ucrania y en Irán, según analistas y reportes internacionales.
Los conflictos en Ucrania y en Irán, iniciados respectivamente en febrero de 2022 y el 28 de febrero de 2025, presentan una creciente interconexión en los planos militar, diplomático, estratégico y energético, según analistas y reportes internacionales. Ambos enfrentamientos, que comenzaron con pronósticos de corta duración, se extendieron y ahora se influyen mutuamente.
Un punto de fricción directo ocurrió hace dos semanas en el Mar Caspio, donde drones ucranianos de largo alcance atacaron al carguero iraní Anna. Según Ucrania, el buque transportaba componentes para drones y misiles utilizados por Rusia contra ciudades ucranianas. Irán calificó el ataque como una «aventura peligrosa» y canceló una operación planificada contra tres objetivos en Ucrania tras una «disculpa» de Kiev, según declaró un alto asesor militar del líder supremo iraní.
El Mar Caspio, al ser un mar cerrado, queda fuera del alcance de la vigilancia naval occidental y se convirtió en una arteria logística entre el puerto ruso de Astracán y el iraní de Anzali, por donde circulan equipos y componentes militares que fortalecen la alianza entre Moscú y Teherán.
Witold Rodkiewicz, investigador del Centro de Estudios Orientales (OSW) de Varsovia, afirmó que para el presidente ruso Vladimir Putin la guerra en Irán representa una oportunidad estratégica. «Este conflicto ofrece a Rusia beneficios fundamentales», declaró Rodkiewicz a LA NACION. Entre ellos, el aumento del precio del petróleo, la desviación de recursos militares estadounidenses y la reducción de la disponibilidad de armamento para Ucrania.
La cooperación militar entre Rusia e Irán incluye la coproducción de drones Shahed-136 en la planta de Alabuga, en Tartaristán, y el intercambio de versiones mejoradas de esas armas tras su uso en Ucrania. Rodkiewicz sostuvo que «Moscú ayuda a Irán de formas que pueden negarse oficialmente: inteligencia, selección de objetivos y guerra electrónica».
En Estados Unidos, la escasez de misiles interceptores Patriot y THAAD se convirtió en un problema estratégico. Según The Washington Post, las reservas de Patriot cayeron de 2300 a unas 800 unidades, lo que provocó un choque entre el presidente Donald Trump y el secretario de Defensa Pete Hegseth, desmentido por la Casa Blanca. Trump respondió a los pedidos de ayuda de Ucrania: «Nosotros también queremos misiles», y culpó a la administración de Joe Biden por haber drenado las reservas.
John Bolton, ex asesor de Seguridad Nacional, escribió en The Washington Post que los conflictos de Ucrania e Irán «han estado siempre entrelazados» y que la cooperación militar entre Teherán y Moscú, junto con el apoyo de China y Corea del Norte, forma parte de una estructura mayor. «Minimizar las interconexiones no hace que desaparezcan ni reduce su importancia para la estrategia estadounidense», afirmó Bolton.
En Europa, la guerra con Irán agravó la crisis energética. Según The New York Times, las reservas de gas de la Unión Europea están al 54% de su capacidad, el nivel más bajo para esta época del año desde 2011. El tránsito por el Estrecho de Ormuz, por donde circulaba aproximadamente una quinta parte del GNL mundial, sigue comprometido, y el precio mayorista del gas europeo alcanzó en junio su nivel más alto desde el inicio del conflicto con Irán.
